A veces me pregunto quién me limita, quién me sofoca: las ideas aprendidas de lo que debía ser, el hoy con sus requisitos, el hombre que me domina, la sociedad, la religión, mi familia, o yo misma.
Quien me impide ser: la necesidad de ser lo que hay que ser, las diez horas de laburo, el matrimonio, los viejos consejos, las miradas nuevas que me aniquilan el espíritu con sus expectativas, o mi propio miedo de ser, correr, hacer, y perder.
Perder qué, no sé, quien sabe la estabilidad, el trabajo, el dinero, la rutina que me da seguridad, el respeto de los demás, la admiración de la familia, de la gente, en general.
¿Será culpa de ellos? Pienso a veces. Es más fácil culparlos. O será mi propia cobardía, o mi miedo a herir con mis actos, mis palabras o mis sentimientos.
Siempre preferí ser la presa y no el cazador, la víctima y no el victimario, porque siento que todo el mundo es débil, y yo la fuerte, quien sabe porque proyecto mi propia debilidad. Sé que siempre me pude levantar, cicatrizar, recuperar, pero nunca quise ocasionar a otros ese dolor que conozco, que se siente en las caídas. Y cuando me rebelo me siento un verdugo, y en algunas situaciones, pienso que con cualquier paso, dejaré heridos. Y la tristeza paraliza mis sentidos y no me permite pensar, pues prefiero morir, antes que lastimar.
Qué es lo correcto, pienso a su vez, rebelarse, intoxicarse de adrenalina, endorfinas, chocolate, sexo, arte, o ser la que cocina, sonríe, acata y ata a la fiera para que no escape.
Ser mujer, sí, Maia, ser mujer es ser la suave, la dulce, la madre, la sumisa, para mi también la linda, tonta, inteligente, superficial y profunda. Ser mujer para mi es ser todo, completa, y estoy a punto de enloquecer en el intento. Porque no me sale, estoy por explotar de intentar la perfección, que no logro aceptar de una vez por todas que no existe. Y eso es lo que me arruina, esa necesidad de ser multifacética, diversa, perfecta.
Y las veo a ellas, otras mujeres, que no parecen querer más de lo que tienen y me inquietan. ¿Seré yo? Necesitaré un psiquiatra con unos buenos y fuertes shocks eléctricos en mi cabezota para parar la lata de querer siempre todo en vez de lo que hay.
Pero, vuelvo a mirarlas, y ellas están ahí, como muestra, y no las veo incompletas, y parecen estar plenas, y no las escucho gritar como escucho gritar a mi alma.
¿O será que yo no escucho los gritos de las suyas?
Y las miro y no entiendo si me zafé de la manada o si ellas están atadas, amordazadas, o si yo estoy re pirada.
Y me miro, hacia adentro, y mi corazón quiere que corra, que rompa las cadenas que me atrapan. Y vuelvo a mirarlas a ellas, mujeres que no parecen necesitar nada más y entonces pienso, ¿Qué me falta?
¿De qué carezco? ¿Por qué no puedo parar de desear algo que no descubro que carajo es? Y quiero parar, y ya no desear, y descansar, y recostarme, y olvidar.
Y morir, para finalmente, estar en paz.