martes, septiembre 01, 2009

Despedida


El lugar, un boliche nocturno cualquiera de la ciudad de Montevideo. El momento, exactamente ese, en el que están por retirarse las mesas para dar lugar a la pista y dejar algunas pocas a los costados de la misma.

Ahí estábamos, mis cuatro compañeros de trabajo y yo.

En una mesa de al lado había una pareja que conocíamos, el Sr. Raúl y su señora, que se ofrecieron a llevarnos en su auto a algunos de nosotros cuando se fueran, porque pasaban por nuestra ruta.

Estábamos pasando bien, la música era agradable, conversábamos y nos reíamos. No eran muchas más las personas en el lugar, porque era verano y la gente no estaba en la ciudad.

Miramos a la puerta y estaba entrando Pablo, Pablo Estramín. Vestía unos jeans y una remera beige y observaba a su alrededor, como evaluando el lugar.

Todos sabíamos el momento por el que estaba pasando y no pudimos evitar ser indiscretos, lo miramos sin reparos. El nos vio y como no estaba lleno el lugar, vino a saludarnos.

Nos dio la mano a cada uno, con una paz fácil de percibir, pero difícil de entender. Nos sonreímos y él también. Se sentó al otro extremo de la mesa, más cerca de la mesa del Sr. Raúl. Entre él y yo hubo determinada conexión visual intensa que identifiqué como la complicidad de dos personas que vivieron una historia similar. Pero Pablo no me conocía, no sabía quien era yo, no podía saber de mi vida, no parecía lógico ese pensamiento, pero algo así sucedió.

El rato pasó rápido, ameno, divertido. Raúl y su señora a veces se daban vuelta curiosos por nuestras risas, y otras mas, participaban de nuestra charla. Yo no entendía por qué no se unían finalmente a nuestra mesa, si parecían realmente interesados en estar con nosotros.

Pablo pasó bien, como si hubiera olvidado y solo se ocupara de vivir el presente. Pero si te detenías seriamente a observarlo, podrías ver en la profundidad de su mirada, que algo importante sucedía.

Raúl se levanto y dijo:

— ¿Los llevo?

Y así todos nos fuimos levantando y uno a uno se fueron despidiendo de Pablo, que estaba aun sentado.

Yo estaba mas lejos, fui la última, me acerqué y lo fui a saludar.

Cuando me incliné para hacerlo él se paró...muy lentamente…demasiado lentamente, como si el tiempo se detuviera. Y sin que yo tuviera la oportunidad de reaccionar, cruzó su brazo por detrás de mi cintura en un abrazo.

Yo sonreí, cerré mis ojos y sentí que él me llevaba, casi levantando mis pies del suelo, hacia donde yo creía que era la puerta de salida.

Le pregunté: — ¿Me vas a llevar así hasta el auto de Raúl?
El me contestó: —Raúl ya se fue, y tus compañeros también.

Sonriendo por pensar que se trataba de una broma de Pablo, abrí un segundo mis ojos y pude ver que estábamos en la pista. En el lugar ya solo quedábamos los dos y un grupo de músicos en el escenario, que tocaba un tema muy lento, realmente lento, instrumental, para que las voces de otros, no opacaran nuestra comunicación silenciosa.

Sentía que los brazos de Pablo me sostenían tan fuerte que me hacía casi doler, pero era el dolor más gratificante que había sentido.

Volví a cerrar los ojos y me dejé llevar por él, en ese abrazo profundo de dos personas que saben que ese es el único momento, fugaz, que tienen para estar juntos.

Y en ese abrazo profundo me hizo bailar, muy suave, con él. La noche, el lugar, la orquesta y las luces eran nuestras.

Recuerdo mis pies descalzos en puntitas, siguiendo sus lentos pasos, casi sin movernos, bailando. Mi rostro sobre su hombro y él muy firme, un hombre silencioso, fuerte, tan profundo como aquel abrazo que me quedó guardado en el alma.-




Aclaración: Fotografía de: http://1.bp.blogspot.com/_Cesoh-C0gOg/SL_l5UGWblI/AAAAAAAABWk/fGA_MDCphtc/s1600-h/abrazo1.jpg

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