Desde una reposera, con una caipirinha helada, en unos de esos paraísos de Brasil, con el sol golpeando fuerte los poros de mi piel, las nubes se veían así, sin nada de ganas de volver....
miércoles, septiembre 02, 2009
Nubes, como se ven
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amor,
paz,
presente,
Reflexiones,
vacaciones
Nada mas
Paro, y pienso.
Quiero correr, correr, y me detengo.
Quiero insultar, y sonrío
Quiero gritar, paro y respiro.
Y voy así,
Esquivando los líos
Defendiendo mis destinos,
Apostando a que todo es divino.
Y me golpeo la frente contra el puño de alguien
Y lo miro
Intentando entender cual sería su motivo
Pero no entiendo,
No consigo...
Quiero correr, correr, y me detengo.
Quiero insultar, y sonrío
Quiero gritar, paro y respiro.
Y voy así,
Esquivando los líos
Defendiendo mis destinos,
Apostando a que todo es divino.
Y me golpeo la frente contra el puño de alguien
Y lo miro
Intentando entender cual sería su motivo
Pero no entiendo,
No consigo...
Un mundo - 2-9-09

Tengo este mundo, mi mundo,
Dentro de esta burbuja que antes creía de acero.
Pero la burbuja es de jabón
Y los jardines coloridos de mis ilusiones y sueños,
Ven a través de esa fina capa transparente, hacia afuera.
Y mis sueños vuelan en ese globo, felices en ese cielo celeste entibiado por el sol.
Pero ven, que allá, fuera de nuestras fronteras de paz y calor.
Acechan aquellos, mis temores.
Ellos se tiran contra nuestra burbuja, me atormentan, me golpean.
Y dudo, dudo si este mundo, mi mundo colorido y tibio es verdadero.
O solamente creaciones de mi espíritu
Necesitado de descanso y cobijo.
Pero no me convenzo, y afino la mirada, y analizo.
Y me recuesto en el pasto verde intentando ignorar lo que presiento.
Pero afuera, continúan ellos, mostrándome a través de esa película indeleble
Que este mundo, es solo mío.
Dentro de esta burbuja que antes creía de acero.
Pero la burbuja es de jabón
Y los jardines coloridos de mis ilusiones y sueños,
Ven a través de esa fina capa transparente, hacia afuera.
Y mis sueños vuelan en ese globo, felices en ese cielo celeste entibiado por el sol.
Pero ven, que allá, fuera de nuestras fronteras de paz y calor.
Acechan aquellos, mis temores.
Ellos se tiran contra nuestra burbuja, me atormentan, me golpean.
Y dudo, dudo si este mundo, mi mundo colorido y tibio es verdadero.
O solamente creaciones de mi espíritu
Necesitado de descanso y cobijo.
Pero no me convenzo, y afino la mirada, y analizo.
Y me recuesto en el pasto verde intentando ignorar lo que presiento.
Pero afuera, continúan ellos, mostrándome a través de esa película indeleble
Que este mundo, es solo mío.
Aclaración: Imagen de:http://www.2001produccionesartisticas.es/images/BURBUJAS-130-X-97--800-.jpg
Indecisión

El cajón era ajustado. Miré a la derecha, y a la izquierda, pero solo pude ver la seda acolchonada color rosa. No me podía mover.
El perfume penetrante de las flores me producía un cosquilleo insoportable. Sin verlas, sentía estar en un jardín inundado de aromas que solamente empeoraban mis recientes alergias.
El perfume penetrante de las flores me producía un cosquilleo insoportable. Sin verlas, sentía estar en un jardín inundado de aromas que solamente empeoraban mis recientes alergias.
"Lo peor de los velorios siempre fueron las flores", pensé deseando poder mover mis manos para rascarme la nariz, pero ni un dedo se movió.
Mi mente ensayaba acciones y daba órdenes, que mi cuerpo, indiferente, estaba resuelto a ignorar. Pero al final, terca, mi mente resolvió escapar, y subí.
Subí, con la intención de alejarme. Subí curiosa, queriendo recorrer el pasillo desplegado ante mis ojos virtuales. Subí feliz, sin querer ver quien quedaba, sin querer recordar nada. Al subir, sentí llantos, sentí murmullos, pero no quería mirar atrás.
Subí un poco más. Algunas personas me llamaban sonrientes, de más arriba. Quería seguir. Parecía ser ese el mejor camino, sentía que era el mejor camino. Pero no resistí, y paré. Paré un instante, flotando a dos metros del suelo.
Volteé por un segundo mi mirada hacia abajo y allí estaba. Sentada junto al cajón, inmóvil, sin llorar, con la mirada perdida en algún punto de la blanca pared de la sala, en una especie de transe, sin hablar… mamá.
Miré rápido hacia arriba intentando ignorar, y aquellas personas seguían allí, esperándome, llamándome por mi nombre. Entre la multitud, apareció él, sonriendo, con sus ojos verdes y sus brazos fuertes estirados hacia mí, en una invitación a seguirlo, a reencontrarme con él. Me sentí feliz, me sentí niña nuevamente y más que cualquier gloria que pude haber deseado abajo, deseé la profunda seguridad de su abrazo paterno, hace tanto olvidado, hace tanto anhelado.
Miré hacia abajo nuevamente, un segundo más, solo un segundo más antes de seguir.
"Nada más que un segundo", me dije intentando no dudar.
Pero allí, sentado junto a ella, estaba él, inmóvil, con la mirada fija en el piso, indiferente a la gente que estaba en el salón, indiferente a todo. Mi hermano.
La culpa y la pena envolvieron mi alma.
Lágrimas cayeron de algún profundo lugar de mi mente etérea y quise volver a abrazarlos, quise volver, quise volver. Pero no pude.
2/09/2009 - En taller Gabriela Onetto - Disparador - Textos de famosos Era sobre un cementerio.
Mi mente ensayaba acciones y daba órdenes, que mi cuerpo, indiferente, estaba resuelto a ignorar. Pero al final, terca, mi mente resolvió escapar, y subí.
Subí, con la intención de alejarme. Subí curiosa, queriendo recorrer el pasillo desplegado ante mis ojos virtuales. Subí feliz, sin querer ver quien quedaba, sin querer recordar nada. Al subir, sentí llantos, sentí murmullos, pero no quería mirar atrás.
Subí un poco más. Algunas personas me llamaban sonrientes, de más arriba. Quería seguir. Parecía ser ese el mejor camino, sentía que era el mejor camino. Pero no resistí, y paré. Paré un instante, flotando a dos metros del suelo.
Volteé por un segundo mi mirada hacia abajo y allí estaba. Sentada junto al cajón, inmóvil, sin llorar, con la mirada perdida en algún punto de la blanca pared de la sala, en una especie de transe, sin hablar… mamá.
Miré rápido hacia arriba intentando ignorar, y aquellas personas seguían allí, esperándome, llamándome por mi nombre. Entre la multitud, apareció él, sonriendo, con sus ojos verdes y sus brazos fuertes estirados hacia mí, en una invitación a seguirlo, a reencontrarme con él. Me sentí feliz, me sentí niña nuevamente y más que cualquier gloria que pude haber deseado abajo, deseé la profunda seguridad de su abrazo paterno, hace tanto olvidado, hace tanto anhelado.
Miré hacia abajo nuevamente, un segundo más, solo un segundo más antes de seguir.
"Nada más que un segundo", me dije intentando no dudar.
Pero allí, sentado junto a ella, estaba él, inmóvil, con la mirada fija en el piso, indiferente a la gente que estaba en el salón, indiferente a todo. Mi hermano.
La culpa y la pena envolvieron mi alma.
Lágrimas cayeron de algún profundo lugar de mi mente etérea y quise volver a abrazarlos, quise volver, quise volver. Pero no pude.
2/09/2009 - En taller Gabriela Onetto - Disparador - Textos de famosos Era sobre un cementerio.
Aclaración: Imágen de: http://www.publicanary.com/wp-content/uploads/2009/04/hacia-la-luz.jpg
Momentos triviales
—Ahora la Adriamicina, un poco de suero y después paso—dijo la enfermera.
"Ufa, la Adriamicina es la que arde", pensé.
—Bueno, no importa—dije casi susurrando.
Miré hacia el costado, al otro cubículo, el de la derecha, y allí estaba él, sentado en la camilla. A sus siete años, sonreía y jugaba. Él a la mariposa la tenía en el pecho, no en el brazo como yo. Sonreía y jugaba, y yo allí, solemnizando esos momentos triviales.
El papá a su lado sonreía, pero de otro modo, con otro color en sus ojos, con otro brillo.
Mi silla era cómoda, marrón.
Con el señor del cubículo de la izquierda, que tenía la mariposa en el brazo como yo, nos miramos y miramos al niño, y nos miramos, y miramos al niño.
En su rostro me pareció ver lágrimas, no estaba segura.
Miramos al niño, y nos miramos.
Empecé avergonzada a moquear, en silencio, disimulada. Las lágrimas empapaban todo, sin ruido.
Vino la enfermera.
— ¿Vos también sensible? El señor de ahí también. ¿Qué pasa hoy?
—Es el niño —le dije —No puedo.
***
Estaba en el ómnibus, sola, camino a casa, moqueando. Las lágrimas empapaban todo...
El niño no lloraba, sonreía. Y yo solemnizando estos momentos triviales.
—Bueno, no importa—dije casi susurrando.
Miré hacia el costado, al otro cubículo, el de la derecha, y allí estaba él, sentado en la camilla. A sus siete años, sonreía y jugaba. Él a la mariposa la tenía en el pecho, no en el brazo como yo. Sonreía y jugaba, y yo allí, solemnizando esos momentos triviales.
El papá a su lado sonreía, pero de otro modo, con otro color en sus ojos, con otro brillo.
Mi silla era cómoda, marrón.
Con el señor del cubículo de la izquierda, que tenía la mariposa en el brazo como yo, nos miramos y miramos al niño, y nos miramos, y miramos al niño.
En su rostro me pareció ver lágrimas, no estaba segura.
Miramos al niño, y nos miramos.
Empecé avergonzada a moquear, en silencio, disimulada. Las lágrimas empapaban todo, sin ruido.
Vino la enfermera.
— ¿Vos también sensible? El señor de ahí también. ¿Qué pasa hoy?
—Es el niño —le dije —No puedo.
***
Estaba en el ómnibus, sola, camino a casa, moqueando. Las lágrimas empapaban todo...
El niño no lloraba, sonreía. Y yo solemnizando estos momentos triviales.
martes, septiembre 01, 2009
Despedida

El lugar, un boliche nocturno cualquiera de la ciudad de Montevideo. El momento, exactamente ese, en el que están por retirarse las mesas para dar lugar a la pista y dejar algunas pocas a los costados de la misma.
Ahí estábamos, mis cuatro compañeros de trabajo y yo.
En una mesa de al lado había una pareja que conocíamos, el Sr. Raúl y su señora, que se ofrecieron a llevarnos en su auto a algunos de nosotros cuando se fueran, porque pasaban por nuestra ruta.
Estábamos pasando bien, la música era agradable, conversábamos y nos reíamos. No eran muchas más las personas en el lugar, porque era verano y la gente no estaba en la ciudad.
Miramos a la puerta y estaba entrando Pablo, Pablo Estramín. Vestía unos jeans y una remera beige y observaba a su alrededor, como evaluando el lugar.
Todos sabíamos el momento por el que estaba pasando y no pudimos evitar ser indiscretos, lo miramos sin reparos. El nos vio y como no estaba lleno el lugar, vino a saludarnos.
Nos dio la mano a cada uno, con una paz fácil de percibir, pero difícil de entender. Nos sonreímos y él también. Se sentó al otro extremo de la mesa, más cerca de la mesa del Sr. Raúl. Entre él y yo hubo determinada conexión visual intensa que identifiqué como la complicidad de dos personas que vivieron una historia similar. Pero Pablo no me conocía, no sabía quien era yo, no podía saber de mi vida, no parecía lógico ese pensamiento, pero algo así sucedió.
El rato pasó rápido, ameno, divertido. Raúl y su señora a veces se daban vuelta curiosos por nuestras risas, y otras mas, participaban de nuestra charla. Yo no entendía por qué no se unían finalmente a nuestra mesa, si parecían realmente interesados en estar con nosotros.
Pablo pasó bien, como si hubiera olvidado y solo se ocupara de vivir el presente. Pero si te detenías seriamente a observarlo, podrías ver en la profundidad de su mirada, que algo importante sucedía.
Raúl se levanto y dijo:
— ¿Los llevo?
Y así todos nos fuimos levantando y uno a uno se fueron despidiendo de Pablo, que estaba aun sentado.
Yo estaba mas lejos, fui la última, me acerqué y lo fui a saludar.
Cuando me incliné para hacerlo él se paró...muy lentamente…demasiado lentamente, como si el tiempo se detuviera. Y sin que yo tuviera la oportunidad de reaccionar, cruzó su brazo por detrás de mi cintura en un abrazo.
Yo sonreí, cerré mis ojos y sentí que él me llevaba, casi levantando mis pies del suelo, hacia donde yo creía que era la puerta de salida.
Le pregunté: — ¿Me vas a llevar así hasta el auto de Raúl?
El me contestó: —Raúl ya se fue, y tus compañeros también.
Sonriendo por pensar que se trataba de una broma de Pablo, abrí un segundo mis ojos y pude ver que estábamos en la pista. En el lugar ya solo quedábamos los dos y un grupo de músicos en el escenario, que tocaba un tema muy lento, realmente lento, instrumental, para que las voces de otros, no opacaran nuestra comunicación silenciosa.
Sentía que los brazos de Pablo me sostenían tan fuerte que me hacía casi doler, pero era el dolor más gratificante que había sentido.
Volví a cerrar los ojos y me dejé llevar por él, en ese abrazo profundo de dos personas que saben que ese es el único momento, fugaz, que tienen para estar juntos.
Y en ese abrazo profundo me hizo bailar, muy suave, con él. La noche, el lugar, la orquesta y las luces eran nuestras.
Recuerdo mis pies descalzos en puntitas, siguiendo sus lentos pasos, casi sin movernos, bailando. Mi rostro sobre su hombro y él muy firme, un hombre silencioso, fuerte, tan profundo como aquel abrazo que me quedó guardado en el alma.-
Ahí estábamos, mis cuatro compañeros de trabajo y yo.
En una mesa de al lado había una pareja que conocíamos, el Sr. Raúl y su señora, que se ofrecieron a llevarnos en su auto a algunos de nosotros cuando se fueran, porque pasaban por nuestra ruta.
Estábamos pasando bien, la música era agradable, conversábamos y nos reíamos. No eran muchas más las personas en el lugar, porque era verano y la gente no estaba en la ciudad.
Miramos a la puerta y estaba entrando Pablo, Pablo Estramín. Vestía unos jeans y una remera beige y observaba a su alrededor, como evaluando el lugar.
Todos sabíamos el momento por el que estaba pasando y no pudimos evitar ser indiscretos, lo miramos sin reparos. El nos vio y como no estaba lleno el lugar, vino a saludarnos.
Nos dio la mano a cada uno, con una paz fácil de percibir, pero difícil de entender. Nos sonreímos y él también. Se sentó al otro extremo de la mesa, más cerca de la mesa del Sr. Raúl. Entre él y yo hubo determinada conexión visual intensa que identifiqué como la complicidad de dos personas que vivieron una historia similar. Pero Pablo no me conocía, no sabía quien era yo, no podía saber de mi vida, no parecía lógico ese pensamiento, pero algo así sucedió.
El rato pasó rápido, ameno, divertido. Raúl y su señora a veces se daban vuelta curiosos por nuestras risas, y otras mas, participaban de nuestra charla. Yo no entendía por qué no se unían finalmente a nuestra mesa, si parecían realmente interesados en estar con nosotros.
Pablo pasó bien, como si hubiera olvidado y solo se ocupara de vivir el presente. Pero si te detenías seriamente a observarlo, podrías ver en la profundidad de su mirada, que algo importante sucedía.
Raúl se levanto y dijo:
— ¿Los llevo?
Y así todos nos fuimos levantando y uno a uno se fueron despidiendo de Pablo, que estaba aun sentado.
Yo estaba mas lejos, fui la última, me acerqué y lo fui a saludar.
Cuando me incliné para hacerlo él se paró...muy lentamente…demasiado lentamente, como si el tiempo se detuviera. Y sin que yo tuviera la oportunidad de reaccionar, cruzó su brazo por detrás de mi cintura en un abrazo.
Yo sonreí, cerré mis ojos y sentí que él me llevaba, casi levantando mis pies del suelo, hacia donde yo creía que era la puerta de salida.
Le pregunté: — ¿Me vas a llevar así hasta el auto de Raúl?
El me contestó: —Raúl ya se fue, y tus compañeros también.
Sonriendo por pensar que se trataba de una broma de Pablo, abrí un segundo mis ojos y pude ver que estábamos en la pista. En el lugar ya solo quedábamos los dos y un grupo de músicos en el escenario, que tocaba un tema muy lento, realmente lento, instrumental, para que las voces de otros, no opacaran nuestra comunicación silenciosa.
Sentía que los brazos de Pablo me sostenían tan fuerte que me hacía casi doler, pero era el dolor más gratificante que había sentido.
Volví a cerrar los ojos y me dejé llevar por él, en ese abrazo profundo de dos personas que saben que ese es el único momento, fugaz, que tienen para estar juntos.
Y en ese abrazo profundo me hizo bailar, muy suave, con él. La noche, el lugar, la orquesta y las luces eran nuestras.
Recuerdo mis pies descalzos en puntitas, siguiendo sus lentos pasos, casi sin movernos, bailando. Mi rostro sobre su hombro y él muy firme, un hombre silencioso, fuerte, tan profundo como aquel abrazo que me quedó guardado en el alma.-
Aclaración: Fotografía de: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiysNpRqWfX7F2poehAz9Sxr_Jsukxbkmr1WrVTmHKSAAx2pha3sY6T2aSMEn7g3SOstbwKYOgEgwQ0JK7_UYKURuf13v2AvghwtG90WtThxqs-HU_2s3ohzyGqejw5WTpt70Ys-vZwd-8/s1600-h/abrazo1.jpg
Identidades
Vivir en la frontera siempre fue muy difícil
Flaca para el lado norte, gorda para el sur.
Demasiado alegre para el lado sur
Pero demasiado seria para el norte
Vestida insulsa para el norte,
Cuando sería extravagante para el sur.
Esa línea fronteriza genera complejos procesos mentales
Y es la responsable de mi profunda neurosis.
Me fui.
Me fui de la frontera a encontrar mi identidad.
Finalmente fui flaca donde debí serlo
Seria donde todos ya lo eran
Y me vestí sobria donde todos ya lo hacían.
Maté mi alma fronteriza ambigua y de colores, dejé de ser mil y fui una.
Pero hoy la frontera me persigue y me despierta.
Y quiero ser ambigua aunque todos sean coherentes.
Y camino por el borde, y me desvío.
Esta frontera permanente en la que vivo
Es la que complica más mi vivir, pero lo ensancha.
Es mi frontera, mi verdad.
Y para no dejar de ser ambigua,
hoy soy gorda en tierras de flacos,
Demasiado alegre en el sur.
Y demasiado extravagante lejos del norte que extraño.
Flaca para el lado norte, gorda para el sur.
Demasiado alegre para el lado sur
Pero demasiado seria para el norte
Vestida insulsa para el norte,
Cuando sería extravagante para el sur.
Esa línea fronteriza genera complejos procesos mentales
Y es la responsable de mi profunda neurosis.
Me fui.
Me fui de la frontera a encontrar mi identidad.
Finalmente fui flaca donde debí serlo
Seria donde todos ya lo eran
Y me vestí sobria donde todos ya lo hacían.
Maté mi alma fronteriza ambigua y de colores, dejé de ser mil y fui una.
Pero hoy la frontera me persigue y me despierta.
Y quiero ser ambigua aunque todos sean coherentes.
Y camino por el borde, y me desvío.
Esta frontera permanente en la que vivo
Es la que complica más mi vivir, pero lo ensancha.
Es mi frontera, mi verdad.
Y para no dejar de ser ambigua,
hoy soy gorda en tierras de flacos,
Demasiado alegre en el sur.
Y demasiado extravagante lejos del norte que extraño.
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